La inteligencia artificial (IA) ya no es una tecnología del futuro. Está en las herramientas que usamos cada mañana para trabajar, en los asistentes que responden cuando llamamos al banco, en las recomendaciones que deciden qué noticias lees, qué películas ves o en los chatbots que te responden en atención al cliente. Debemos tener en cuenta que en esta integración de la tecnología en las generaciones más jóvenes, según recoge el estudio Mi realidad conectada de Fundación Cibervoluntarios, ni siquiera existe una frontera entre el espacio físico y el digital. Viven en una realidad figital, en la que la tecnología no es una herramienta externa sino parte de su propio constructo cultural y son los que están ya entrando o entrarán en breve en el mercado laboral. Una generación que encontrará incorporada de manera transversal la IA en todos los puestos de trabajo. La pregunta, por tanto, no es si tenemos acceso a la tecnología. Es si tenemos las herramientas para entenderla, utilizarla bien y exigir que sus algoritmos operen con transparencia.
Uno de los errores más extendidos en el enfoque de la formación en IA es confundir el manejo con la comprensión. Una persona puede usar ChatGPT, Claude o Gemini cada día para redactar correos, preparar informes o buscar información sin saber nada sobre cómo los modelos de lenguaje generan texto, con qué datos se han entrenado o en qué contextos sus respuestas pueden tener sesgos de todo tipo.
Conocer no es lo mismo que entender. Y esa diferencia importa, porque define dos formas radicalmente distintas de relacionarse con la tecnología. Hay quienes la usan de forma pasiva, aceptando sus resultados sin cuestionarlos, realizando una delegación cognitiva en la herramienta. Y, por otra parte, quienes la incorporan como una extensión de su propio criterio, empleándola como un exoesqueleto que amplifica su capacidad de análisis, que les permitirá llegar a lugares a los que antes no podían. La primera nos hace dependientes, la segunda nos empodera.
La soberanía digital ciudadana, un concepto en el que la Fundación Cibervoluntarios lleva trabajando junto con expertos y organizaciones internacionales, no se construye aprendiendo “sólo” a utilizar la tecnología. Se construye desarrollando la capacidad de saber qué preguntar, qué cuestionar y qué derechos nos asisten cuando un sistema automatizado toma decisiones que nos afectan. Europa parece haberlo entendido así.
Lo que dice la ley y lo que no dice
El Reglamento Europeo de Inteligencia Artificial (EU AI Act, Reglamento 2024/1689) ya ha dado una respuesta parcial a esta pregunta. Su artículo 4, en vigor desde febrero de 2025, obliga a cualquier organización que use sistemas de IA a garantizar que las personas que los manejan tengan un nivel suficiente de alfabetización en la materia. No es una recomendación ni una guía de buenas prácticas: es una obligación legal, que afecta por igual al colectivo del trabajo autónomo, pymes y grandes empresas. La propuesta de modificación conocida como Digital Omnibus on AI va más lejos aún, reabriendo el debate sobre el alcance y la profundidad de esa formación.
Es la primera vez en la historia que una norma jurídica convierte la comprensión de la inteligencia artificial en una obligación. Que ese debate exista ya es, en sí mismo, un hito. Pero la ley llega hasta donde llega: obliga a las empresas respecto a sus empleados y empleadas y la IA no entiende de situación laboral.
La brecha que el debate europeo no ve
El debate no versa sobre si la alfabetización en IA es necesaria, eso ya no se discute. La pregunta es quién asume esa tarea. La ley obliga a las empresas respecto a sus empleados y empleadas. Pero hay una parte de la ciudadanía que queda fuera de ese marco: quienes no están en el mercado laboral, quienes no tienen acceso a la formación y quienes parten con desventaja en la brecha digital. Según el Informe del Estado de la Década Digital 2025 de la Comisión Europea, el 34% de la población española aún no cuenta con competencias digitales básicas, cuando el objetivo europeo es llegar al 80% en 2030. Hablamos de millones de personas que conviven a diario con sistemas de IA sin tener las herramientas mínimas para entender cómo funcionan ni cómo les afectan.
La IA no discrimina entre quien está empleado y quien no. Los sistemas que deciden si te conceden un préstamo o un seguro, los algoritmos que priorizan unas candidaturas sobre otras, las herramientas que determinan qué contenido ves y cuál no: todos operan sobre toda la ciudadanía, con independencia de su situación laboral.
Una responsabilidad colectiva
La alfabetización en IA no puede ser solo una política de formación en el trabajo . Tiene que ser también una política de inclusión digital, de derechos y de cohesión social. Hay países que llevan años entendiéndolo así. Estonia integra la alfabetización digital y la IA desde la escuela primaria, preparando a una generación que llegará al mercado laboral con criterio propio sobre la tecnología que ya forma parte de su vida. No como usuarios o usuarias pasivos, sino como ciudadanos con capacidad de decisión.
En España, entidades como Fundae llevan años construyendo ese puente entre la formación y el empleo y el reto ahora es hacerlo llegar a toda la ciudadanía, esté o no en el mercado laboral. Desde Fundación Cibervoluntarios se trabaja en dos frentes: con formación gratuita para las personas trabajadoras (ocupadas y desempleadas) y para las organizaciones.
La formación en inteligencia artificial es la nueva alfabetización digital. Su valor real no se mide por lo complicado de la herramienta o sus contenidos, sino por cuántas personas incorporamos a esta nueva sociedad que tendrá que decidir sobre su soberanía digital ciudadana. Garantizar ese acceso universal no es una cuestión técnica ni empresarial: es una responsabilidad colectiva, política y social. Una en la que todos los actores (administraciones, empresas, organizaciones del tercer sector y de la sociedad civil) tienen un papel que jugar. Además, que Europa esté debatiendo quién garantiza la alfabetización en IA no es una señal de indecisión, es una señal de que el debate importa.
Oscar Espiritusanto Nicolás
Director de Innovación Educativa e Investigación – Fundación Cibervoluntarios
Laura Ruiz Carlin
Responsable de Workia.org – Fundación Cibervoluntarios
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